Libros, saber y emancipación en el agricultor del indianismo. De Iván Apaza Calle


Me había sumergido en las obras indianistas de Fausto Reinaga en mí adolescencia,, precisamente el 2004, cuando apenas tenía 13 años; la obra “La revolución india” (1970) me concedió mi hermano Marco Antonio Apaza Calle, quien a partir de los movimientos acaecidos en 2000-2003 dirigidos por Felipe Quispe “Mallku” fue directamente influenciado por aquel libro y aquellas prácticas indianistas en contra del sistema q’ara.

Cuando recorrí por aquellas páginas combativas, mi perspectiva de mirar la existencia  fue diferente, más aun cuando el Mallku discursaba en las radios por aquellos años. Continué escudriñando otras obras indianistas de Reinaga  siendo estudiante de secundaria, a partir de ahí entendí la existencia: de indio. El 2006 conocí a Felipe Quispe Huanca, en Cochabamba, en una conferencia  de prensa, mi relación con este aymara descendiente de los valerosos Quispes comenzó en ese momento. Al año siguiente, escribí un artículo en el mensual “Pukara”; celebré mis cumpleaños  con dicho trabajo de principiante. En este mismo órgano de difusión indianista en aquellos años, aparecían los escritos de un tal Ayar Quispe, con las que estaba de acuerdo respecto a sus ideas. Dos años antes había leído una obra suya, pues, el 2005 mi padre compró un libro, cuyo título “Indios contra indios” (2003) en el mercado de libros viejos, cuando contemple  sus páginas al azar  tenia sed de recorrerlo, ante aquella alegría  mi progenitor me sonreía. 

El 2008, conocí a Ayar Quispe frente al colegio Omasuyos de Achacachi, era una persona que no acostumbraba hablar. Nuestros encuentros eran raras veces aquel año, salvo cuando tenía la oportunidad de acompañar a su padre, y cuando entablábamos una conversación  era netamente de libros, así me prestó las obras de Guillermo Carnero Hoke, Virgilio Roel, Frantz Fanon, Guillermo Bonfil Batalla, Albert Memmi, Eldridge Cleaver y otros. Como ambos escribíamos en aquel mensual, necesitaba sus consejos para escribir. Él me enseñó a escribir; aún recuerdo sus duras críticas sobre las contradicciones que tenían mis escritos. El 2009, nos propusimos a escribir un libro sobre el indianismo, que nunca se consolido, pues, me retrase en escribir y él se adelantó  en la publicación el 2011, me refiero a su obra “Indianismo”; una vez que salió a luz pública aquella obra publiqué  recién mi “Colonialismo y contribución en el indianismo” pero esta se tardó 6 meses en la imprenta.

Ayar, tenía la naturaleza de ser un indio rebelde, jamás gusto de aquellas ideas lisonjeras  respecto al q’ara, fue enemigo a muerte con los escritores blanco-mestizos que trafican con el indio, lo indio y la ideología de la liberación, de ahí que no le temblaban las manos  para sepultarlos en sus obras; guerreaba con la intelligentsia q’ara, con los secuaces indios sumisos, porque estos, a diestra y siniestra confunden al indio alejándolo del indianismo-tupakatarismo, asimismo, legitimando la opresión colonial. Esta labor de Ayar era incesante,, no solamente en el escribir sino en las mismas conversaciones que teníamos.

El lazo de nuestra amistad, fue en primera instancia la ideología de la liberación, pero, hay que agregarle la afinidad por la lectura. No le gustaba que maltrate las obras que tenía prestado, se enojaba a regañadientes cada vez que sucedía esto; los libros de cabecera los poseía bien conservados, tres de ellos “Los condenados de la tierra” de Frantz Fanon, “Alma encadenada” de Eldridge Cleaver y “La revolución india” de Fausto Reinaga. 

¿Qué significaban los libros para Ayar? Eran armas de lucha contra el sistema q’ara,  además, un dialogo constante con otros. En fin amante de los  libros. Los pocos momentos que fuimos a comprar estos, enloquecía por aquellos autores raros; asimismo, cuando íbamos de búsqueda por las bibliotecas especializadas de la Universidad Mayor de San Andrés sobre un tema particular, primero contemplaba el libro y su contenido para poder sacar una copia; era cuerdo en el campo de recolectar bibliografía, así que no podía tener cualquier “libraco” en su biblioteca personal. 

Además, hay algo más allá de estas ideas: el saber, esa búsqueda constante impulsada por la inquietud demoniaca; Ayar poseía el demonio del saber, pero no el saber por el saber, sino aquel que le ayudaba a entender la realidad concreta: la condición de indio. Pero ¿para qué entender lo concreto?  Para tener las cosas claras, en la medida que, una vez despejado el caos que se presentan desde fuera, Ayar planteaba acciones para cambiar esa realidad desfavorable para los indios, ya que,  el sistema q’ara ha sometido a los indios a un lavaje cerebral, a un no-entendimiento de su existencia oprimida, consiguientemente, a la vivencia mecánica y no-reflexiva, en una palabra: a la enajenación. 

Los libros y el zambullirse  en su interior, no era un fin para Ayar, no terminaban ahí las lecturas en el puro placer. Tenía en claro que, los libros solo eran instrumentos que conducían a las ideas y el leer aquel dialogo con los autores que planteaban esas ideas, esto evidentemente, conducía a pensar a partir de lo abstracto y abstraído. Pero hay otro modo de llegar a lo concreto, y es pensar  a partir de lo que se nos presenta. Y lo que se nos presenta son fenómenos, hacer reflexión a partir de esto, es ser creativo según Ayar, en la medida en que, son situaciones nuevas.  En una ocasión, me dijo: “para que vas a comprar más libros, tengo muchos libros sin leer. Es una mentira que uno lee toda su biblioteca, nadie termina de leer lo que uno tiene. Mejor hay que pensar y reflexionar sobre lo que está pasando”. Tenía mucha razón. Ahora me doy cuenta que los juicios de otras obras sobre el indianismo en nuestro medio, eran repetitivas, nada novedosas ni innovadoras, lo que en realidad estaba buscando Ayar era re-crear el indianismo a partir del tiempo actual.


Teniendo estas dos fuentes de adquisición del saber, de nada sirve mantenerlo almacenado en la mente, necesitamos escribirlo para comunicar a otros. En realidad el acto de escribir nos conduce directamente a la reflexión, es un dialogo con nosotros mismos  y, es una comunicación con nuestros pares. Ayar entendía que, no podemos escribir abstracciones teóricas de la realidad colonial en el lenguaje académico, porque eso es soporífero para los indios, eso es echar agua a la arena y no a la siembra, pues, los indios necesitan verdades directas que tengan correspondencia con su vivencia, parafraseando a Malcolm X a los oprimidos hay que hablarles en su lenguaje. 
En los encuentros en la ciudad, Ayar siempre llevaba un libro, “estoy leyendo esta obra”—decía—, o como en otras ocasiones el borrador de algún escrito suyo; tenía el papel y el bolígrafo en mano, sus hermanos (as) creían en su oficio de escritor, porque, la mayor parte de su tiempo dedicaba a la lectura, a la par escribir; en un cumpleaños suyo—me contó con esa alegría que tenía en el rostro— su madre le obsequió un guante, su hermana un bolígrafo, este gesto, legitimó más ese trabajo de leer y escribir.
El escribir para Ayar, era un acto de compromiso, no se escribe por escribir, sino  que esto tiene en primera instancia una relación íntima con uno, ya que, si uno es indio, más aun si se considera indio, entonces, el escribir automáticamente se traduce en un compromiso con la sociedad colonizada, consiguientemente, el indianista escribe para liberar a su pueblo, no puede ser de otra forma, eso era el agricultor del indianismo: un escritor comprometido. Entonces, escribía para sí mismo, pero esto, no se quedaba ahí; por lógica a quienes están dirigidas esos escritos son directamente a los indios, porque habla de ellos, pues, Ayar, también sufría lo que sus hermanos sufren.
Los escritos de Ayar son combativos, esta es una característica de sus acciones, de su modo de ser, su experiencia misma esta empapada de lucha violenta contra el q’ara. Desde muy joven participó de muchas acciones, como pintar paredes con la sigla MITKA; fue fundador y militante del EGTK junto a su padre, accionó en el movimiento indio del 2000-2003 aun cuando estas acciones iban en contra de su salud. Descuidaba mucho su salud, lo que le importaba era trazar ideas en el papel, así termino de escribir “Los tupakataristas revolucionarios”  en medio de fiebres y dolores al borde de la muerte. 
Hay una cosa en el que coincide con Reinaga, fue un escritor que no gustaba hacer pasar ningún error de redacción en sus escritos. Cuidaba mucho esa parte, revisaba una tras otra un párrafo, y aun así no estaba contento; en el acto de escribir era un verdadero artesano. Creo que tuvo presente siempre eso, y en todos los aspectos. Cuando nos empapábamos de barro y tierra en la construcción, era un verdadero contra-maestro, que revisaba cada detalle del nivel, la plomada y la medida, cada vez que hacia esto, a veces mostraba un error y salía diciendo: ¡Qué Iván!. 
Si revisamos los escritos de Ayar hay una evolución en su forma de escribir, precisamente en como lanza las ideas. Existe una profundización en el lenguaje en que está hablando a los indios en sus libros, y es esa manera combativa que mencioné más arriba; el escribir era guerrear contra los opresores.
A los indios hay que despertarles del sopor colonial, dándole verdades que sean de fuego, que toquen la herida de más de 500 años de opresión, eso es lo que no quieren nunca los opresores, porque corren el peligro de que puedan ser cercados nuevamente. Ayar era el escritor combativo, porque las mismas letras plasmadas en el papel guerreaban con otras ideas; así los indios en el momento de recorrer por esas páginas pueden despertar y mirarse como en el espejo y ponerse en dinámica contra colonial, prueba clara es su última obra “indianismo-katarismo” (2014) donde se ve una característica del indianismo: la guerra contra colonial. No dudamos que el agricultor del indianismo, sembró en sus obras ideas que harán surgir otros como él, pero sobre todo sus pensamientos se convertirán en llama flameante, y consiguientemente en movimiento indio. 
En la memoria del agricultor del indianismo, —a quien considero como mi hermano— nos toca seguir venciéndonos, más aun, ir contra el tiempo, pues esto, será ir contra la muerte. Así nos enseñó Ayar Quispe, con el papel, lápiz  y el libro en mano hasta la muerte. Que así sea pues. 


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