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El Indio y sus fantasmas. Por: Roger Adan Chambi Mayta, Ivan Apaza Calle
A nuestro hermano Franco Limber; el áspero.
“El opresor es cada vez más indigenista, sutil y disimulado (…) No hay opresor minúsculo ni mayúsculo. No hay opresor bueno ni malo, ni horrible ni hermoso. El opresor es simplemente opresor. Somete al indio por ser indio; somete lo indio por ser del indio.”
Ayar Quispe: “Indianismo-katarismo”
El rótulo parece
ser a primera vista, inspirada en el título de la obra del escritor Ernesto Sabato, cuyo nombre es: “El escritor y sus fantasmas”, lo cual cabe
aclarar, que no tiene nada que ver con el presente ensayo. Estas líneas de crítica
indianista, nacen a partir de varias reflexiones sobre la vida áspera del indio,
y que llegan a concretizarse en una habitual noche fría en Sunipata (El Alto).
El panorama actual
nos obliga, a sacar a la luz pública
estas reflexiones que muchas veces se quedan en charlas caldeadas bajo cuatro
paredes, que al final son estériles, ya que no llegan a su difusión para su
posterior discusión y praxis. Dentro de esos debates, una de las
reflexiones, es la realidad que pasa de forma superficial frente a los ojos de
los indios; hablamos de la instrumentalización de la vivencia aymara, experiencia
que hasta hoy no logramos medir las consecuencias.
La
instrumentalización está a la orden del día en las castas blanca-mestizas que
oprimen al indio, de hecho, como es lógico, no para liberarlo sino para
mantener las relaciones coloniales, de ahí que para nosotros, es elemental
quitar el ropaje que utilizan los utilitarios de los indios y de lo indio. Con
mayor frecuencia en los círculos “intelectuales” del cholaje paceño, se observan
las prácticas ridículas y coquetas de sujetos supuestamente “indixs” ajenos a
la vivencia Aymara y la vida áspera.
Qué entendemos por
instrumentalización.
Entendemos por instrumentalización,
a ese acto utilitario del cholaje blanco-mestizo de la vivencia india, con la
finalidad de mantener la esencia colonial; el Poder. ¿Pero cuál la necesidad de
los opresores para que se den la tarea de adoptar prácticas del oprimido?, pues,
para legitimarse sobre ellos, es decir, el colonialista al ser consciente de su
condición y la condición del colonizado, adopta prácticas y discursos coyunturales
en potencia.
Hay una casta que
en la historia ha heredado el Poder de generación en generación, y ha mantenido
el sistema colonial. Esta casta ha buscado mecanismos para mantenerse en el
Poder secularmente, en efecto, esos mecanismos son los elementos en potencia de
los oprimidos.
Una constante de
los colonizadores y los colonialistas es que no pueden mantenerse como tal sino
instrumentalizan los elementos en potencia de los indios en sus momentos
cruciales políticos. Esto no significa que se reduce ahí, sino que también
trasciende al campo económico y social, ejemplo la explotación en el virreinato:
la mit’a y los obrajes.
Al revisar la historia
india podemos percatarnos de este carácter utilitario de los blanco-mestizos
con respecto a los elementos en potencia de los autóctonos. En 1532, cuando los
dos inkas pugnaban por la legitimidad del gobierno; Waskar y Atawallpa, al ser
rivales poseían una potencia política, pero también, había gente detrás de cada
uno. Los colonizadores aprovecharon esta situación de rivalidad
instrumentalizando a uno de ellos y al sector disconforme con el régimen del
inkario, y con ello tomaron el control político del Tawantinsuyu[1].
Por otro lado, ya en la república se evidencia, el mismo acto utilitarista de
parte de José Manuel Pando, sobre la potencia política india que encabezaba
Pablo Zarate Willka en ese entonces; de manera que, Pando para enfrentarse a
los criollo mestizos conservadores, instrumentalizó la potencia Aymara que en
ese entonces se traducía en un ejército indio. Una vez logrado el objetivo,
Pando no dudó en hacer un pacto blanco-mestizo con Severo Fernando Alonso ante
el peligro de la liberación india.
Ni que decir de las
guerras, donde la potencia principal del indio era su gran demografía,
sirviendo como una tropa cobriza en las confrontaciones bélicas defendiendo a
un país que siempre lo sometió.
Pero la
instrumentalización de los colonialistas no descansa únicamente al indio como
sujeto, sino que el cholaje blanco-mestizo, conforme a la coyuntura va
utilizando lo que necesita para
mantenerse en su lugar privilegiado, en este caso la cultura india. En el caso
literario, el indio y su cultura es la fuente de la “originalidad” de la
literatura boliviana, eso que tanto enfatizó Fausto Reinaga en su trilogía: “El indio y el cholaje boliviano”, “La
intelligentsia del cholaje boliviano” y “El indio y los escritores de América”.
Asimismo,
los nacionalistas del cholaje blanco-mestizo en su pretensión de crear un
Estado-nación, no tuvieron más opción que recurrir a la potencia cultural del
indio, ya que el indigenismo como política colonial estaba en boga en todo el
continente, folklorizando las prácticas autóctonas. Se debe tomar muy en
cuenta, que el Estado boliviano, es un Estado sin nación, porque tiene como
base la estructura colonial. Los nacionalistas, recurren a la cultura india,
para legitimar su discurso nacionalista y mantenerse en el Poder, poniéndose el
ch’ullu y el poncho indio para ganar el voto autóctono, al respecto Alvizuri
ejemplifica los siguiente: “Víctor Paz Estenssoro vestido con poncho y
llucho mientras el vicepresidente Hernán Siles Zuazo habla del tiempo del
Qullasuyo, cuando todos eran hermanos iguales y no se conocía "ni el
hambre, ni la miseria"[2].
En este sentido, el
indio siempre fue un factor elemental en este país colonial cuando se habla de
nación, porque tiene cultura propia, longeva; a diferencia, los
blanco-mestizos, sus elites fueron y son hasta la actualidad bovaricos. A
partir de esto, podemos inferir que, la cultura y vivencia de los
blanco-mestizos, tuvieron una mirada inspirada en el Occidente, por tanto esas
vivencias son solo practicadas en su modus vivendi, en su pequeño círculo
jailon[3]
dentro del territorio aymara, de ahí que esta casta, cuando discursan para
legitimar al Estado, necesitan del elemento de la nación, mas, como carecen de
cultura autentica recurren a la cultura del indio.
La
instrumentalización frente al ojo indio.
En la Bolivia
plurinacional (aunque no tenga nada de plurinacional en los hechos) la
instrumentalización de elementos en potencia política del mundo indio, no solo
radica, en el sujeto como tal, ni en su cultura, sino que además, vienen
agregadas a estos, elementos como el discurso político y la ideología
indianista, asimismo algunas prácticas de la vivencia de los autóctonos.
Los elementos en
potencia política del oprimido en el tercer milenio, son como tal, a partir de
los movimientos indios encabezadas por Felipe Quispe Huanca, quien sacó “de la
clandestinidad a Fausto Reinaga”[4],
poniendo en práctica el indianismo; logrando con esto el resurgir del orgullo y
la dignidad india. Esa dinámica contra colonial, ha creado un Poder que hizo
frente al Poder del cholaje blanco-mestizo, pero ese potencial ha sido
aprovechado por la casta secular llevando a la presidencia a un indio sumiso y
domable. Consecuentemente, aquello que surgió como práctica liberadora y
combativa, pasó a convertirse en un instrumento de dominación en términos
políticos; del carácter beligerante del discurso del Mallku paso a
transformarse al carácter del discurso pachamamico y del buen salvaje[5].
Esto conlleva por un lado, el
ablandamiento del potencial político existente hasta ese entonces y por otro,
la mitificación de las prácticas autóctonas, re-estableciendo el Poder, pero
esta vez, bajo el ropaje indio. Eh ahí, el colonizado nuevamente como en las
épocas del virreinato, es mit’ani político, es decir instrumentalizado.
A partir de este
panorama, la casta secular a través del Estado, inició instrumentando el
discurso de los indianistas que buscaban la liberación de las naciones
autóctonas. Los colonialistas balbuceaban en sus discursos la descolonización,
pero en el fondo no buscaban eso, sino mantenerse en su condición: el de
opresores. El Estado colonial, por más que haya hecho una Asamblea
Constituyente y se llame plurinacional, no ha cambiado de esencia, por tanto
solo hay un cambio nominal, lo que en otros términos puede llamarse continuidad
colonial.
No solo eso, los
colonialistas han instrumentalizado la simbología de la nación autóctona, como
la Wiphala, los iconos indios como Tupak
Katari y Bartolina Sisa que han sido tomados a antojo de sus necesidades
políticas. En lo religioso, el uso trivial
que se le otorga a la ritualidad Aymara, se ha convertido en parte de la
civilización del espectáculo.
El tráfico de las
potencialidades políticas indias por parte del Estado, hizo surgir dentro de la sociedad colonial,
específicamente en las castas seculares, grupos que se auto identifican con la
vivencia autóctona, los cuales ejecutan prácticas ridículas a los ojos del
indio, como ser: triturar en vez de pijchar la coca, hacer adobe sin paja brava a pura mano, cultivar en
minúsculos surcos variedades de productos agrícolas en el área metropolitana
de esta ciudad colonial, agarrar
lip’ichis a diestra y siniestra para parecer y no ser, adoptar atavíos indios
que los enorgullecen, pero, en el fondo hacen perder la esencia de la estética Aymara,
así también en su intento de pronunciar sin glotalizar ni aspirar el idioma Aymara
fino. Estas acciones son colonialistas, porque no buscan la liberación de la
vivencia que instrumentaliza el cholaje blanco-mestizo, más al contrario
mantenerlo en el sopor. Esto desde una mirada superficial, pareciera ser un
acto de buena voluntad hacia lo indio, pero concretamente, es una política
colonial que desgasta la cultura india.
Cuando los
colonialistas empiezan a practicar elementos de la vivencia india, como: la
ch’alla, los apthapis, o comienzan a lucir las abarcas, tullmas en los pelos,
cortar el awayu, masticar la coca (como algunos grupos de la intelligentsia cholo blanco-mestizo), el
colonialista al ejecutar estas acciones lo hace, para “limpiar
y tranquilizar la conciencia que les remuerde”[6] parafraseando a Sabato, o simplemente
seguir las modas instituidas por el poder,
pues, “al adoptar estas prácticas culturales, la élite local está
legitimando un discurso sobre la cultura. También es reveladora de la ansiedad
de un sujeto "sin etnicidad particular" de ubicarse dentro de este
nuevo discurso”[7].
El cholaje
blanco-mestizo, puede hacer estragos de la vivencia Aymara, sacando
privilegios políticos, económicos de
esta, pero los indios cuando empiezan a reivindicar su cultura, los
colonialistas son los primeros en salir a deslegitimar esta potencia, porque
ese momento, donde los colonizados empiezan a recuperar lo que se le ha negado
y sometido, da paso al renacimiento conciencial de la nación Aymara,
consecuentemente, la lucha por su liberación. Hay que tener en cuenta que, la
diferencia entre los colonialistas y los indios es que los primeros no conocen
en carne y hueso la vida áspera, por tanto no pueden hablar el mismo lenguaje
de la opresión, por más, que instrumentalicen elementos potenciales de la
vivencia autóctona, auto-identificándose como indios, jamás el cholaje
blanco-mestizo será lo que pretende ser,
porque, "para saber lo que es el indio, hay que ser indio, porque
el que es sólo 'culturalmente' indio, sólo puede revelar lo indio. Pero quien
es indio de carne, corazón, cosmos y raza, no sólo 'revela' lo indio, ¡sino que
rebela al indio!"[8].
A modo de conclusión.
Hemos analizado de
manera breve lo que quizás constituiría un tratado teórico sobre la política
instrumental del cholaje blanco-mestizo; el punto inicial para el surgimiento
de esta reflexión, fue lo que pasaba frente a nuestra mirada india hace mucho
tiempo, pero esa experiencia solo se quedaba en debates y en una indignación.
Parafraseando a G.
K. Chesterton “una idea que no es escrita no sirve, pero lo escrito no sirve
también, sino se efectiviza”, es decir si no se vuelve praxis, de manera que, si nosotros teníamos ideas en mente y
solo debatíamos no servían, así que, decidimos teclearlo en el ordenador para
que llegue a cada indiano mediante las redes sociales. Sin embargo siguiendo a
Chesterton, no servirá de nada también, si este escrito no se concretiza. En
última instancia, las reflexiones e ideas tienen que desembocar en la acción. Y
esta acción consiste en que seamos conscientes de una vez de nuestra vivencia y
sus potencialidades. Como Aymaras reivindiquemos lo nuestro, porque esto es el
inicio, para nuestra futura liberación.
[1] Cf. QUINTANA Eduardo, “14
mentiras de la historia oficial del Perú”, en: http://truxillo.pe/3425/14-mentiras-en-la-historia-oficial/.
Consultado el 18 de julio de 2016.
[2] ALVIZURI Verushka, “La
construcción de la aymaridad”, Bolivia: El país, 2009, p. 253
[3] Para una mejor comprensión del término véase la obra de LOPEZ Alex,
“Jailones. En torno a la identidad
cultural de los jóvenes de la elite paceña”, Bolivia: PIEB, 2006.
[4] Cf. REYNAGA Wankar, “Blokeo
2000”, Qullasuyu: Arumanti chachanaka, 2000.
[5] Para un análisis más profundo véase CHAMBI Mayta Roger Adan, “¿Gobierno indigena? El rol de los indígenas
en el proceso de cambio”, en AWQA, 2016, y de QUISPE Ayar, “¿Evo Morales presidente indígena?”, en:
AWQA, 2014
[6] Cf. SABATO Ernesto, “El
túnel”, Argentina: Libros del mirasol, 1961.
[7] ALVIZURI Verushka, Ob.Cit., p. 142

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