Revolución Nacional de 1952 más allá del MNR
Kim Young-Hyun Inti
Analizando
la historia política boliviana de la Revolución Nacional de 1952 a 1982, el
historiador James Dunkerley preguntaba en 1984, “[S]i el desorden es tan
prevaleciente, ¿no será éste el orden mismo? ¿Acaso no puede haber un sistema
en el caos? ¿No debería entendérselo más como continuidad y menos como
interrupción?”[1]
Estas preguntas quieren provocar intereses investigativos en caos y desorden de
la política boliviana que debe ser analizada en los términos de sus propias
dinámicas de procesos y relaciones políticos que han dado forma a la historia
del país. Con frecuencia se habla de “la ausencia de un Estado hegemónico” en
la Revolución Nacional como un problema político. Es decir, no ha existido en
Bolivia un Estado con la capacidad de implementar cambio social, democracia e
institucionalización política que producirá un Estado-Nación homogéneo. Pero
hay que reconocer que el Estado no es el único sitio del orden, especialmente
en el contexto boliviano, donde actores no estatales han desempeñado roles
cruciales y decisivos en varios momentos históricos.
Hay
que evitar sobreestimar la capacidad del Estado para determinar el curso del
desarrollo político y cambio social y para manufacturar el “consenso
ideológico.” Aunque Antonio Gramsci (probablemente el primer teórico político
que reflexionaba sistemáticamente sobre la importancia de formación ideológica
como parte central de “hegemonía”), teorizaba ese consenso, combinado con
coerción física, como integral al poder hegemónico, muchas notas suyas sobre la
historia y política de su país (Italia) y Europa desde la Revolución Francesa
al surgimiento del fascismo señalan que la formación política del Estado y de la
sociedad en cuanto a la cuestión de lo nacional involucra procesos complicados
de negociación y contestación entre varios actores y grupos tanto estatales
como no estatales.[2]
Estos procesos dependen de la combinación de varios elementos coyunturales que
afectan la formación de alianzas, coaliciones, luchas, peleas, reconciliaciones
y tensiones políticas que se expresan en las formas concretas de actos
políticos pertinentes a las coyunturas. Antropólogo histórico William
Roseberry, por tanto, propone que hay que analizar la hegemonía como un proceso
de “política contenciosa,” estructurado por un lenguaje político común, o “marco
común material y significativo para vivir a través de los órdenes sociales
caracterizados por la dominación, hablar de ellos y actuar sobre ellos.”[3] En
otras palabras, es analíticamente más productivo investigar el proceso
hegemónico, en el cual actores estatales y no estatales se involucran de modos
complejos (frecuentemente contradictorios), en vez de hegemonía entendida como
una ideología y estructura dominante monolítica.
Si
un régimen revolucionario implementa reformas para cambiar la sociedad de un
modo de transformación ordenada del Antiguo Régimen, tendría que enfrentarse a
los diferentes grupos de interés que han luchado contra el sistema antiguo en
sus propios términos. Durante las décadas de 1950-1960, el régimen
revolucionario de Bolivia tenía que atender los mineros militantes y las
grandes masas rurales, capaces de desestabilizar cualquiera apariencia de orden
en las minas y el campo. El Estado revolucionario del MNR incorporó las
demandas populares como la nacionalización de las minas, la abolición del
pongueaje, la distribución de las tierras, la expansión de la educación pública
y el voto universal. Estas reformas querían establecer un sistema estable de
gobernación, pero inconfundiblemente no lograron su objetivo. Así fracasó la
Revolución Nacional. Sin embargo, lo que genera la revolución es no solamente para
establecer un nuevo sistema de gobernación, sino el proceso más amplio de
movilización política que revela la naturaleza injusta del orden social
existente y que conlleva un movimiento masivo contra injusticia. El cambio de
régimen y reformas institucionales pueden ser productos de aquel proceso. Pero,
no constituyen una revolución en y por sí mismos.
En
1970, el politólogo norteamericano James Malloy caracterizaba la Revolución
Nacional como una “revolución incompleta.”[4] Pero,
¿qué era la revolución que debería ser “completa”? Los colonos, los comunarios
y los mineros de las décadas de 1930-1940 iniciaron sus luchas antes de que el
MNR formuló su nacionalismo revolucionario que absorbió elementos sustanciales
de los programas del PIR (Partido de la Izquierda Revolucionaria) para
el cambio agrario y la demanda izquierdista de la nacionalización de las minas.
Las luchas populares dieron forma crítica al proceso político que se hizo una
revolución nacional. Los proyectos populares de autoemancipación se arraigaban
en la larga lucha contra el sistema de opresión que los colonos, los comunarios
y los mineros experimentaban en la forma concreta de la explotación en
haciendas y las minas. En este sentido, hay que evaluar la Revolución Nacional
de modo más complejo que ve más allá de la noción abstracta “movimientista” de
lo nacional, formulada por teóricos del MNR como Carlos Montenegro, aunque
obras históricas, periodistas y de ficción de Augusto Céspedes, otro teórico
principal del MNR, capturaron elementos significantes de las sensibilidades
políticas ampliamente compartidas en Bolivia.
Se
puede definir, siguiendo la definición clásica en la ciencia social, la
revolución social como una “rápida transformación básica del Estado y la
estructura de clase de una sociedad” (Por el contexto boliviano, el término
“clase” podría sustituirse por “casta” o “clase y raza”). Con frecuencia esta
transformación estructural es “acompañada y seguida adelante por revueltas
desde abajo.”[5]
Pero las masas rebeldes no necesariamente se alinean con el Estado
supuestamente revolucionario. Una pregunta crítica aquí no es “¿Cómo la revolución
incorpora a aquellas masas?, sino “¿Cómo las respuestas populares divergentes a
la política estatal determinan los procesos sociales y políticos que se
desarrollan conforme a sus propias lógicas de acción, confrontación,
movilización, negociación y contestación?” y “¿Cómo aquellos procesos se
relacionan y chocan con el proceso estatal para moldear la política
revolucionaria?”
En
el escenario político determinado por las movilizaciones masivas de los
colonos, los comunarios y los mineros de la década de 1940 a principios de los
años 1950, los actores decisivos eran las bases populares que incesantemente
trastocaron, sabotearon y socavaron los sistemas opresivos a través de huelgas,
ataques físicos a las haciendas y ocupaciones de las tierras y campos mineros. Estas
acciones chocaron con el MNR que quería una transformación ordenada de la
sociedad boliviana bajo control del Estado. Co-gobierno entre la COB y el MNR,
control obrero en la COMIBOL y los sindicatos rurales eran los mecanismos, a
través de los que el gobierno revolucionario intentaba incorporar a los mineros
y los campesinos a su revolución, atenuando así el ímpetu revolucionario de las
bases populares. En este sentido, la Revolución Nacional no difirió de otros
proyectos políticos centrados en un Estado revolucionario en Latinoamérica, los
que cooptaron a los sectores populares selectos al sistema de gobernación
estatal. Como aquellos proyectos, la Revolución Nacional creó su propio orden
jerárquico y reprodujo los vicios del antiguo régimen: clientelismo,
corrupción, racismo, y, para noviembre 1964, el autoritarismo militar violento.
A diferencia de los casos cubanos y mexicanos, donde los partidos
revolucionarios se quedaron en poder por un largo periodo de tiempo, la
política revolucionaria de Bolivia desde la década de 1940 en adelante se
caracterizaba más por las acciones de las masas en el campo y las minas que
desestabilizaron la gobernación estatal y convirtieron conflicto turbulento en
un rasgo permanente de las relaciones entre el Estado y la sociedad.[6] El
MNR capturó el poder en medio de la crisis política generada por los disturbios
sociales de las décadas de 1930-1940, en los que ciertamente desempeñó un rol
importante, forjando alianzas con mineros, conspirando golpes de Estado,
participando en el gobierno militar-socialista y encabezando insurrecciones
para derrocar a la Rosca. Su propia posición como gobernante después de 1952 no
fue libre de estas dinámicas peculiares de la política revolucionaria que
implicaron un desafío constante por parte de las bases incontrolables.
En
mayo de 1954, Víctor Paz Estenssoro decretó que todas las propiedades
comunales, usurpadas por propietarios privados tras 1900, deberían ser
devueltas a las comunidades (ayllus). A pesar de su priorización oficial de
propiedades pequeñas y medianas, según historiadora Carmen Soliz, el MNR sabía
que no podría silenciar a los comunarios que exigían la restitución de las
tierras comunales, y no tenía otra opción que ser “más flexible en sus
prácticas” de la implementación de la Reforma Agraria en el plano local, para
que se mantuviera cierta apariencia de gobernabilidad.[7] Desde
la década de 1940, los comunarios del altiplano no solo lanzaron huelgas de
brazos caídos y otros actos rebeldes, sino también hicieron innumerables
peticiones a los gobiernos provinciales, departamentales y nacional, exigiendo
la restitución de las tierras comunales expropiadas por hacendados durante la
época de expansión gamonalista de final del siglo XIX a la década de 1930. Esta
lucha rural siguió aun después de 1952-1953, ya que muchos hacendados
recalcitrantes utilizaron todos los medios posibles para demorar el proceso de la
transferencia de las tierras. Incluso después de la declaración de la Reforma
Agraria el 2 de agosto de 1953, muchas comunidades siguieron peticionando al
gobierno que, por su programa de convertir a los indios en campesinos con
propiedades individuales, no quería promover la tenencia de la tierra comunal.
Pero, la realidad era que el MNR no tenía capacidad efectiva para imponer su
política agraria en el campo, donde los comunarios indios tenían su propia
visión de la restitución de las tierras comunales y podían forzar al gobierno a
cumplir con ciertos elementos centrales de su demanda. Por eso, la Reforma
Agraria era más de “una política burguesa,” “un programa reaccionario” y/o “una
imposición q’ara” si bien sus límites como un modo de emancipación política y
social se dejaron inconfundibles para las décadas de 1970-1980, cuando
intelectuales bajo la influencia indianista y katarista criticaban “el
pongueaje político” que resultó de la política agraria del MNR y del “Pacto
Militar-Campesino.”
En
cuanto a los mineros, un cambio en régimen político no les importaba mucho a
menos que resultara un poder obrero con el que podría derrocar al Estado
oligárquico (y, tras 1964, militar). La revolución de los mineros chocó con el
Estado “revolucionario” que llegó a convertirse una continuación de la
oligarquía “prerrevolucionaria.” Si bien el MNR pretendió incorporar la
revolución obrera-popular a su sistema de gobernación a través de la
nacionalización de las minas, su relación con los mineros manifestó la contradicción
entre los intereses estatales para retener el poder y el radicalismo arraigado
en las bases. Esta contradicción subyació la relación, cargada de tensión,
entre el MNR y los mineros. El primero pudo marginar la posición radical que
abogaba por la nacionalización de las minas sin indemnización a los ex dueños
de ellas. Pero, las minas permanecieron incontrolables para siempre. Una
nacionalización acompañada por control obrero y co-gobierno fue definitivamente
un cambio importante para los mineros. Sin embargo, una revolución minera
necesitaba más de la incorporación formal de obreros al sistema de gobernación.[8] En el
contexto boliviano de revolución en los años 1950-1960, esa revolución
significaba un poder de las masas mineras para afrontar, socavar y derrocar al
Estado oligárquico que repitió la dominación, explotación y opresión rosqueras.
El MNR cada vez más tuvo que contar con las fuerzas armadas (reconstruidas con
la ayuda masiva de los EE. UU desde mediados de los años 1950) después de 1960
para que se mantuviera cierta apariencia de gobernabilidad en las minas. Este
profundizó la división entre el MNR y los mineros, y resultó en varios choques
violentos que provocaron al MNR a contar crecientemente en el militar para
suprimir a los mineros. Combinado con el papel creciente del militar en
pacificar el campo después de la “Ch’ampa Guerra” de Cochabamba en 1959-1960,
estos desarrollos en las minas contribuyeron a la caída del MNR en 1964.
Cuando
Porfirio Díaz, que gobernó México de 1876 a 1911, se iba a su exilio a Francia
el 25 de mayo de 1911 como resultado de presiones políticas de las frentes
múltiples que, por un tiempo, fueron representados por Francisco Madero en el
plano nacional, dijo famosamente a su general Victoriano Huerta, “Madero ha soltado
al tigre, a ver si puede controlarlo.” En el caso de Bolivia de 1952, el tigre
se soltó, compeliendo a las castas gobernantes a implementar ciertas reformas,
incluidas las radicales, y el MNR cumplió con ellas por lo menos durante su
primera gestión (1952-1956) en el poder. La coyuntura política de esa época era
que cualquier grupo gobernando en el nombre del pueblo no podría negar la
presión popular que exijo la transformación estructural en el campo y las
minas. Cuando se implementó esta transformación en los valles cochabambinos,
las comunidades altiplánicas, barrios urbanos y campos mineros (especialmente
Catavi y Siglo XX en el norte de Potosí), su resultado fue fuertemente
supeditado a las acciones que realizaron los actores locales en respuesta a las
nuevas leyes y políticas provenientes del Palacio Quemada y del Congreso.
Sólo
un ejemplo general. Después de que Gualberto Villarroel decretó que el
pongueaje fue abolido en el Congreso Indigenal Nacional de 1945, muchos colonos
y comunarios hicieron referencia a este decreto para justificar sus acciones
rebeldes contra hacendados y autoridades locales, impulsando un proceso de
revolución rural. Había conflictos entre los comunarios y los colonos
subordinados a los hacendados. Había rebeliones explícitas de los comunarios y
los colonos contra hacendados y autoridades locales. Había peleas
intercomunales sobre el lindero de las tierras. Había indios campesinos que
evocaron su derecho a la tierra sobre la base de los títulos que se remontaron
a la época colonial española. Había aquellos que reclamaron su derecho a la
tierra para acabar los 400 años de dominación colonial.[9] Si
existía una visión de la liberación nacional en este campo de luchas populares,
debería ser más de la noción totalizante de lo nacional opuesto a la antinación
y su antítesis izquierdista centrada en la revolución socialista.
Si
bien la Revolución Nacional dejó unos elementos ideológicos centrales al
proceso político en Bolivia como estatalismo y mestizaje, hay que evitar
analizarlos simplemente como productos de la imposición del MNR. El MNR nunca
tenía tal capacidad para determinar el proceso político de un modo tan
manipulativo y omnipotente. En lugar de eso, hay que preguntar, “¿Cómo el
estatalismo y el mestizaje han seguido siendo corrientes ideológicas
influyentes (y hegemónicas) a pesar de la ausencia de un poder político con
capacidad impositiva de moldear la sociedad de un modo centralizador y
homogeneizante?” Esto significa que hay que analizar las redes complejas de la
formación de alianzas y pactos, su desintegración en ciertas coyunturas y
relaciones políticas, sociales, sectoriales, interétnicas y de interclase y
intercasta que revelan los intereses y objetivos concretos perseguidos por
grupos heterogéneos y divergentes. La “Revolución Nacional” era un resultado
político de la convergencia de aquellos procesos que en conjunto afectaron el
proceso político que se hizo una revolución.
Hasta
en los casos relativamente “exitosos” de la construcción estatal como en Cuba y
México, según muchos historiadores, los significados concretos de la revolución
para poblaciones ordinarias tenían que ver con las experiencias locales que
determinaron varias respuestas políticas y sociales de localidades, regiones,
grupos y sectores a la revolución que quería imponerse en el plano local pero
cuya implementación dependía mucho de actores locales. Del mismo modo, será
problemático analizar el proceso político en Bolivia desde 2000-2003 como algo
que ha sido determinado solamente por el MAS y su “Proceso de Cambio” y noción
abstracta de descolonización. Si bien las denominadas “pititas” y el gobierno
autoproclamado de Jeanine Áñez Chávez quieren reducir todo el proceso político
de 2005-2019 a una obra de “MASismo narcotraficante, caudillista y
dictatorial,” mostrando su ignorancia y falta de comprensión intelectual, ese
proceso debe ser entendido como más complicado.
A
diferencia de México, cuya revolución dejó aproximadamente a 2 millones de los
muertos en 10 años de guerra sangrienta (1910-1920), la revolución boliviana en
1952 era relativamente no violenta. Pero, esto no significa la falta de
radicalidad. La Revolución de 1952 como un proceso social era una historia muy
dinámica y tumultuosa.
[1]
James Dunkerley. Rebellion in the Veins: Political Struggle in Bolivia, 1952-1982 (Verso, 1984), xi. Para
aquellos que quieren ver la traducción castellana de este libro, véase las de
Plural editores (2003 [1987]), o de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia
(2017).
[2]
Antonio Gramsci, Selections from the Prison Notebooks ed. Quintin Horace
and Geoffrey Nowell Smith (International Publishers, 1971). Por la traducción
castellana, véase https://kmarx.files.wordpress.com/2012/06/gramsci-antonio-cuadernos-de-la-cc3a1rcel-vol-2.pdf
y https://kmarx.files.wordpress.com/2012/06/gramsci-antonio-cuadernos-de-la-cc3a1rcel-vol-1.pdf.
[3]
William Roseberry, “Hegemony and the Language of Contention,” in Gilbert
Michael Joseph and Daniel Nugent, Everyday
Forms of State Formation: Revolution and the Negotiation of Rule in Modern
Mexico (Duke University Press, 1994), 361. Para la traducción castellana de
este ensayo, véase “Hegemonía y lenguaje contencioso” en Aspectos
cotidianos de la formación del Estado ed. Gilbert M. Joseph y Daniel
Nugent (Ediciones Era, S. A. de C. V., 2002), https://www.scribd.com/doc/106407716/Gilbert-Nugent-Aspectos-Cotidianos-de-la-formacion-del-Estado.
[4]
James M. Malloy, Bolivia: The Uncompleted
Revolution (University of Pittsburgh Press, 1970).
[5] Theda
Skocpol, State and Social Revolutions: A
Comparative Analysis of France, Russia, and China (Cambridge University
Press, 1979), 4. Por la traducción castellana de este libro, http://pdfhumanidades.com/sites/default/files/apuntes/10%20-%20Skocpol%2C%20Theda%20-%20Los%20Estados%20y%20las%20Revoluciones%20sociales%20%2812%20copias%29.pdf.
[6] Existen
literaturas escolares excelentes (tanto cuantitativa como cualitativamente)
sobre las revoluciones cubanas y mexicanas. Aquí cito solo unas obras
disponibles en castellano. Sergio Guerra y Alejo Maldonado Gallardo, Historia
de la revolución cubana (Txalaparta, 2009); Joseph y Nugent, Aspectos
cotidianos de la formación del Estado; John Womack, Zapata y la
revolución mexicana (Fondo de Cultura Económica, 2017 [1968]).
[7] Carmen Soliz, ‘“Land to the Original
Owners’: Rethinking the Indigenous Politics of the Bolivian Agrarian Reform,” Hispanic
American Historical Review 97, 2 (2017).
[8] Guillermo
Lora, “La clase obrera después de 1952,” en René
Zavaleta Mercado, Bolivia, hoy (Siglo
Veintiuno Editores, 1983), 181-182; René Zavaleta Mercado, El poder dual en América Latina. Estudio de los casos de Bolivia y
Chile (Siglo Veintiuno Editores, 1974), 90-96.
[9]
Obras de Jorge Dandler, Laura Gotkowitz, Roberto Choue Canqui, Silvia Rivera
Cusicanqui y muchos otros historiadores demuestran la complejidad de las luchas
rurales en esta época de “una revolución antes de la revolución”

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