LA MISERIA DE LA CRÍTICA AL INDIANISMO
Ivan Apaza-Calle
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¿Indianismo e indigenismo en una Bolivia moderna? Es el título del artículo de Ignacio Vera de Rada, publicado el 15 de junio en el matutino Los tiempos de Cochabamba. No es la primera crítica hacía el indianismo, sino es una más de otras que van formando un conglomerado de reflexiones a partir de ideas que no son y simplificaciones de algo mucho más complejo. Vera en este caso reflexiona sobre algunas ideas relativas al indianismo clásico de Fausto Reinaga, asimismo, sobre el maridaje entre indianismo y marxismo planteados por Álvaro García Linera en su Indianismo y marxismo. El desencuentro de dos razones revolucionarias. Luego de este intento de criticar, el autor proporciona algunos lineamientos generales sobre lo que habría que hacer para construir un Estado democrático.
¿Indianismo e indigenismo en una Bolivia moderna? Es el título del artículo de Ignacio Vera de Rada, publicado el 15 de junio en el matutino Los tiempos de Cochabamba. No es la primera crítica hacía el indianismo, sino es una más de otras que van formando un conglomerado de reflexiones a partir de ideas que no son y simplificaciones de algo mucho más complejo. Vera en este caso reflexiona sobre algunas ideas relativas al indianismo clásico de Fausto Reinaga, asimismo, sobre el maridaje entre indianismo y marxismo planteados por Álvaro García Linera en su Indianismo y marxismo. El desencuentro de dos razones revolucionarias. Luego de este intento de criticar, el autor proporciona algunos lineamientos generales sobre lo que habría que hacer para construir un Estado democrático.
La pregunta de Vera para emprender su explicación es ¿Qué valor práctico tienen esas ideas para la vida política real de Bolivia (o de cualquier Estado latinoamericano que intente concretizarlas)?
Las respuestas que da son: que las tendencias de cuño restaurativo como la reconstitución del Tawantinsuyu “representan no solamente utopías irrealizables, sino en muchos casos visiones segregacionistas y sanguinarias, representadas en la lucha de razas”; que la unión entre el marxismo e indianismo son “intrépidos intentos de síntesis entre el idealizado mundo prehispánico y la dialéctica marxista de ultramar”. Por tanto, el indianismo y la unión de este con el marxismo no tendrían un valor práctico.
Sobre el maridaje entre indianismo y marxismo de García Linera, Vera cae en una simplificación dicotómica de manual. En su explicación el indianismo es cíclico, burgués, deísta, que conserva viejos estratos y clases sociales en sus proyecciones políticas, y el marxismo es dialéctico-progresivo, que abole la propiedad privada, que es ateo y que deroga cualquier jerarquización social.
En el artículo mencionado de García Linera, no se halla ningún rastro de estas ideas mencionadas por Vera, de hecho, su explicación trata sobre las formaciones políticas de los marxistas, indianistas y kataristas desde el siglo XX hasta los primeros años del siglo XXI, donde el marxismo y los marxistas, no supieron entender la realidad social de Bolivia, ya que no existía el indio ni la comunidad en sus esquemas interpretativos. El indianismo había emergido en ese contexto y rompió con esa forma de interpretar la realidad y resignificó de manera sistemática la lengua, la historia y la cultura, donde el indio se asume como sujeto político. Y que el nuevo marxismo crítico (Grupo Comuna) a partir de las reflexiones de René Zavaleta buscará la reconciliación del indianismo y el marxismo. La reconciliación según García Linera se concretizará en las proyecciones políticas del Movimiento Al Socialismo. Es decir, una “izquierda indianista” que reconoce las formaciones sociales de las naciones autóctonas, las estructuras organizativas de los sindicatos, los movimientos sociales y las demandas reivindicativas con proyecto plurinacional.
Respecto al indianismo, Vera simplifica sus proyecciones políticas a un tema restauracionista como lo han hecho Franco Gamboa y H. C. F. Mansilla. Está claro que el indianismo clásico y en su periodo formativo idealiza el pasado y tiene tintes restauracionistas y que han sido criticados por los mismos indianistas por su mismo carácter pachamamico e idealista, pero más allá de eso, no se puede condenar ni reducir a tal idea. Asumir que el indianismo es cíclico, burgués y que conserva viejos estratos y clases sociales en su proyección política es tomarse a la ligera lo que viene a ser un tema de amplio repertorio político. Esta ligereza en las reflexiones, específicamente en los críticos del indianismo, refleja la falta de una metodología para estudiar el tema y limites en la lectura.
Si el indianismo para Vera se reduce solo a esas ideas, va más allá de esa simplificación, así el marxismo como el indianismo tienen matices que confluyen en una perfecta sintonía, como la anulación y ausencia del Parlamento, la carencia de un sentido de meritocracia y un gobierno vertical y paternalista. Se puede inferir que Vera no hace un análisis serio sobre el tema, nos damos de cuenta que su lectura es solo apenas sobre el indianismo clásico de Reinaga, donde la sociedad idealizada es el incaico en el que aparentemente no hubo robo ni injusticia, pero que las últimas investigaciones históricas y antropológicas nos han proporcionado otras conclusiones, como la opresión de los incas a la nación aymara. Por otro lado en ninguna de las obras de Reinaga en sus tres etapas se señala la anulación del Parlamento ni de un gobierno altamente vertical y autoritario. Vera piensa que la reconstitución del Tawantinsuyu traerá posiblemente esas consecuencias pero que a simple vista estamos frente a una proyección idealista imposible que en otros tiempos a partir del fanatismo nos hemos equivocado al afirmarlos.
En otro artículo El indianismo y nuestro tiempo publicado el 20/01/19 en el periódico El País, Vera cae en el mismo error simplificador, señalando que el indianismo tiene como bases al campesino y la tierra, es decir, a un pequeñoburgués con su capital. Esta lectura pertenece al marxismo primitivo, que consideraba al campesinado como un sector pequeño burgués, que es terruño y que aparentemente no tiene capacidad de movilización para transformar las estructuras sociales porque lucha solo por sus intereses. Este esquema interpretativo anula la capacidad de entender la formación social boliviana y del Estado, por eso insisto que el asunto no es simple, que además por el carácter abigarrado y conflictivo de la sociedad que acoge el Estado boliviano, es difícil de ver con claridad la realidad social salvo en momentos de crisis política.
Podemos señalar que las críticas de Vera al indianismo, son a partir de ideas ya caducas hasta para los mismos indianistas. Además, la idea de la restauración no solo ha servido como tema de crítica sino también como una “escusa” para negar al indianismo y posicionarla como una ideología y discurso retrogrado. El mismo esquema de análisis del indianismo, que considera que la sociedad boliviana es racializada suele ser, en el caso de Vera, adjetivado de segregacionista y sanguinaria.
Este carácter descalificador al discurso indianista que cuestiona el orden racializado de la sociedad, no es reciente, de hecho es la nueva versión de la mirada que se tuvo de los grupos intelectuales hacía el indio. Sí antes había que pensar qué hacer con los indios, ahora se piensa qué hacer con el indianismo. Se reproduce en ese sentido, la misma lógica de negación a los otros, en este caso a su producto intelectual, además, este aspecto va más allá, como la incapacidad de interpretar la realidad social heterogénea de Bolivia.
Si analizamos detenidamente la formación social boliviana, del Estado y de las elites políticas en su aspecto histórico y sociológico, los intelectuales estuvieron de espaldas a la sociedad, ya que no comprendieron a cabalidad la complexión de la república, con solo mencionar el darwinismo social criollo, era fiel reflejo de esa mentalidad contraria a las naciones y culturas que sobrevivieron a la colonia y que fueron el sostén económico del Estado. Este mismo carácter de xenofilia de las elites políticas e intelectuales, imposibilitó la hegemonía en el Estado sobre la sociedad, es decir, que el Estado no era la síntesis de la sociedad sino el aparato administrativo excluyente y aparente.
Las ideas de Vera continúan esa tradición de xenofilia intelectual. Señala que por el tiempo que vivimos hay una premisa para la construcción de un Estado democrático, y que está condicionada por los principios del cuidado del medio ambiente, el respeto de los derechos humanos y el ejercicio de la ciudadanía política en el sentido amplio —entendida ésta como la incidencia real en la cosa pública— por parte de todos los ciudadanos, mediante los mecanismos que ofrece la democracia moderna y occidental. Vemos que en esta propuesta la sociedad no se afirma como es sino bajo un canon occidental. Y por la misma formación social y el carácter colonial del Estado boliviano el asunto no queda ahí, a partir de la revolución de 1952 surgió la ciudadanía de primera y segunda clase, además, el grado de heterogeneidad social, por lo que, esta realidad obstruye el propósito de una democracia representativa igualitaria y de un Estado democrático. Entonces no se parte de lo concreto sino a partir de ideas que siguen la tradición de la xenofilia intelectual de antaño, parafraseando a Zavaleta, estamos frente a un sujeto que tiene un eje ideológico hispanista en un país no hispánico, en un país de indios.
La inquietud de uniformizar la sociedad boliviana, que propone Vera, no es reciente, el Estado de 1952 tuvo ese objetivo político y social, y como hemos visto, desembocó en la reproducción del orden racializado, así el mestizaje, la ciudadanía de primera y segunda clase no eran sino reflejos de la sociedad racializada. Insisto que para la construcción de un Estado democrático hay que partir de la sociedad como es, identificar la composición y su formación social, consiguientemente, concretizar el Estado síntesis de la heterogeneidad nacional. El indianismo tiene esa tarea de salir de su encierro y apostar por lo plurinacional.

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